Cuando viví en Francia no acertaba a entender la gran pasión de los franceses por sus animales de compañía. Llegué a la conclusión –a la vista estaban las evidencias- que los perros eran mas queridos por sus dueños que las personas. No me escandalicé, me limité a tomar nota del dato. Pensé que en el mundo había más atrocidades y gente más necesitada como para volcar energías amorosas en mascotas. No sospechaba de mi mismo que con el paso del tiempo no solo comprendería esa postura devota a los animales domésticos sino que mi afecto por ellos, que desde niño no había dejado de tener, tendría su correspondencia con formas de denominarlos cada vez más comprometidas. Un animal, macho o hembra, pasó a tener los pronombres él/ella al ser referido y gradualmente transformé frases del estilo: es como una persona, o parece una persona por directamente tratarlo como persona. Eso revolvería los estómagos de los diccionarios o de las academias. Un animal puede ser bueno, ronroneante, comprensivo, cariñoso, pero ¿tratarlo como una persona? ¡Habráse visto! Pues sí, las ententes con los animales son extraordinarias. Los animales no hacen las jugarretas humanas, no te traicionan, no te mienten, te miran y hablan con su mirada, o te buscan con su hocico o con su lengua. Un animal doméstico contribuye a la paz del lugar. Su presencia regula la energía ambiental. No es cierto que no haga nada o que se pase el dia tumbado. Un perro perrea y un gato, también, también, perrea. Se pasan una buena parte de sus horas clapando, soñando en novias/os tal vez que no tiene o que sí tienen. Son felices, tienen la vida garantizada. Saben que se les quiere y que no les faltará agua-comida-cobijo y caricias. Su presencia contribuye al panorama. Aunque hagan el vago colaboran mejor que porcelanas quietas e insensibles a la decoración de la casa, pero no solo eso, son la compañía ideal del poeta con musas que han olvidado de presentarse a la cita, o de escritores con largas horas de soledad creativa. Son la compañía ideal de cualquiera que, teniendo un patio (mejor) o no, sale a diario a pasear. Tener un perro significa hacer ejercicio, hablar con los vecinos a propósito de sus dietas o de la calidad de los piensos, significa salir. Significa también aprender de la naturaleza animal, pero también de la humana, ya que todos tenemos algo de perros, de gatos, de serpientes, de búhos, de patos, de salamandras, de dragones y, sin ninguna duda, de primates. La soberbia humana ha olvidado su filogenia y en que punto evolutivo se encuentra su especie.
Cree que está por encima de todo y le es permitido todo, se cree superior y no para de maltratar a los animales inferiores. En realidad, lo que no ha dejado de hacer con sus congéneres de la misma especie lo ha extendido a otras. El mismo hecho de superioridad versus inferioridad es discutible. Uno de los indicadores de la inteligencia es aprender a vivir sin trabajar (¿los animales domésticos en buenas manos no son acaso unos maestros del goce en ese sentido?). El ser humano es muy vulnerable en muchas cosas. Su extraordinaria maquinaria corporal no le evita enfermedades, contagios, disfunciones, degeneraciones, esquicia y problemas permanentes con su hábitat al no consolidar colectivamente alternativas felices de vida. Quienes siguen comprometidos industrialmente con la destrucción animal no hacen sino representar una cuota evolutiva inferior. Claro que lo que hace el humano con otros animales viene sucediendo en el reino animal. Basta observar la vida de las hormigas para saber que tienen granjas de otros animales a los que someten. Eso no disculpa el gesto de la brutalidad humana permanentemente reactualizado. En un restaurant de Gabú un chimpancé que habitualmente se escapaba de un hotel cercano buscaba la compañía de las caricias a pesar de los palos recibidos por el barman. La escena de las entradas del animal al recinto y del otro persiguiéndolo con un palo duraron bastante rato. La escena solo mostraba la humanidad de uno y la agresividad de otro. Hay muchas situaciones de la vida en las que los animales demuestran más comprensión y saber estar en los sitios humanos. De mi pasado sigo recordando todos los nombres de los perros y gatos que he tenido en casa. No puedo decir lo mismo de todas los humanos que conocí (no porque estos fueran en mayor cantidad, cierto, sino porque muchos no dejaron el saldo emocional de aquellos). El año pasado cruce ilegalmente una frontera (la georgiana-turca) con un gatito a bordo. No me enteré del riesgo que estábamos corriendo hasta la misma frontera que anunciaba con explícitos carteles el terrible delito que estábamos cometiendo. Unos días después Migeorgia desapareció. Escribí un cuento en su memoria. Aunque actualmente no tenemos a ninguna de esas personas acompañándonos en familia debido a estar de viaje continuo sé que volveré a tener perros y gatos.
La gente olvida con facilidad el tronco común de la madre naturaleza a la que pertenecemos todos/as. Con Charles Darwin los historiadores tomaron sus aportaciones para aplicarlo a la historia humana explicándola en términos de evolucionismo. (no está tan claro que el ser humano siga evolucionando atendiendo al saldo de atrocidades que deja cada año que pasa). Darwin sostuvo que toda vida desciende un antepasado común. Las nociones victorianas de progreso y perfectibilidad quedaron socavadas por él, puesto que la evolución implicaba cambio y adaptación. También socavó los principios de una época cuyo corpus teórico en matemáticas y en ciencias naturales se basaba en las leyes físicas y el determinismo. Introdujo los conceptos de probabilidad, azar y singularidad en el discurso científico aportando otros contenidos a la filosofía de la ciencia, según Mayr.
Siempre que me encuentro con una escena de maltrato animal se me ponen los pelos de punta. Hace unos días la imagen de un par de gatitos boqueando aire a punto de morir abandonados dentro de un saco de plástico en la via pública, en rue Liberté-Dakar, me dejó consternado. Todavía hay gente que hace eso. Quien no aprecia el valor de la vida en un animal tampoco la aprecia a escala humana.
Sí el amor a los animales existe y no dudo que pueda superar a otros amores. Hay gente que no merece decírsele ni mú pero a un animal que te mira con sus ojos de curiosidad y de expectancia, ¿que menos que preguntarle como esta y contarle cosas del momento?
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