Uno de los indicadores culturales por excelencia queda consumado incentivado con Gutenberg y prevalece en nuestros días. la del texto impreso y la capacidad de reproductibilidad asociada, tantas veces cuantas lectores estén interesados en leerlo. El texto ha tenido (todavía tiene) un peso histórico circunstancial. De siglos, pero no ha estado suficientemente presente antes de la imprenta, ni tendrá la importancia que tuvo en la era cibernáutica. El texto con todo el placer sensorial y su cantera orgiástica en lo cognitivo que haya podido suponer y siga suponiendo tiene los días (aunque pueda tratarse de unas centurias) contados para dar paso a otras formas cognoscentes y a otras vías sensorial-intelectivas para el placer. Defender tal presuposición puede convertir al defensor en reo de sospechas sobre la deslectura. Nada más lejos de tal condición. En contrapartida, el lector en activo pertrechado de bibliotecas y de volúmenes entreabiertos sobre las catifas es reo de su contexto ancestral en un momento cuya tecnología no le permite el romance de las campanadas del big ben cercano o de cualquier otra evocación de musa sonora. la multiculturalidad del lector le lleva necesariamente a ser una colección de otros en él, convirtiéndose en un internauta, un comunicador, un creador de lo imaginario, y tal vez en un futuro, a candidato de telépata. Sin embargo hay otra clase de multiculturalidad que se opone a la anticonformista de los propios límites. Jorge Larrosa[1] sugiere que los discursos multiculturales lo están para no inquietar lo propio estableciendo una confrontabilidad con lo extranjero. Sin llegar al fondo de que en tal interacción lo propio también es lo extraño. En su texto sobre la experiencia de la lectura deja en entredicho la posibilidad de goces equivalentes para quienes se mantienen al margen de la lectura y no resuelve el hecho de q. la cultura escrita no deja de ser una parte, comparativamente menor desde parámetros de cantidades temporales, q la cultura oral, y que aquella conocida en su soporte clásico (sobre papel)puede desaparecer, sin que por ello desaparezcan los placeres asociados a otras vías de conocimiento que no pasen por lecturas clásicas.

En su artículo sobre la lección[2] hay un maravilloso desentrañamiento de los contenidos encerrados en las palabras y una demostración de como estas dicen lo contrario a las frases en las que vienen ordenadas, tanto por lapsus en el uso semántico como por su constitución etimológica. Hace una verdadera vivisección de palabras para otorgarles una amplitud de medida y de acepción. E insiste en el texto como algo que nunca termina. No obstante hay una biunivocidad implícita detectada en todo momento entre texto y su soporte clásico de expresión, sin cuestionar que todo texto es una modalidad del discurso y que puede ser aleatorio el hecho de que lo sea escrito o hablado. Dentro de lo no dicho y siguiendo la fórmula de piratear lo que pudiendo estar no está hay un temor inconsciente a la desaparición del texto concebido como tal (en su modalidad de volumen reunidor de palabras) frente a las nuevas instrumentaciones de los tecnomedios de comunicación y transmisión de la palabra. El aferramento al texto escrito como lugar de lectura individualizada e íntimamente experimentada no tiene pq desaparecer con la desaparición de sus modelos dominantes de circulación de lo escrito. ¿Que pasaría/rá en un mundo ultrasofisticado a niveles de redes de información en que las librerías y las bibliotecas hayan desaparecido pq las nuevas condiciones de comunicabilidad permitan su extinción? incluso yendo más allá en la especulación ficciosa ¿que pasaría/rá en un contexto de humanidad evolucionada en que -siguiendo ortodoxias en la ciencia ficción- no precise de la palabra hablada ni escrita para comunicar el pensamiento? ¿significaría en ese caso extremo que desaparecería la transmisión de la experiencia, o habría imposibilidad en su colectivización? ¿desaparecerían las putas de la pasión y del goce en las entrada de los equivalentes de la cultura impresa? No tenemos elementos para contestar negativamente.

Para lo que sí esta bastante preparada Occidente es para innovaciones tecnológicas e innovaciones de conductas sociales en todos los ámbitos. Los estudiantes dejarán de llevar libros en trasiegos de un sitio para otra y las voluminosas y extensas bibliotecas de los intelectuales darán paso a archivos electrónicos que comprimirán en poco espacio toneladas de papel impreso. ¿significará ello, la pérdida de la conexión con la cultura sígnica? Evidentemente no tiene porqué suponerlo. La última instancia de cada libro no es su última página o su última palabra anexada, sino que esta debería acabar sin un punto final y dejar abierto el enlace para otros discursos en otras partes. El texto es una proposición permanente para un discursos inacabable por lo tanto” el libro no termia sino que indetermina”. A diferencia de los textos clásicos que terminaban convencionalmente con la palabra fin, ésta ha ido siendo erradicada como la palabra de un final que en realidad no lo representa porque no hay un final propiamente establecido.

Pero el texto en todo momento es representado por su representación escrita, como algo a re-crear, despedazar, rehacer, in-citar y ex-citar sin caer en la cuenta que esa preponderancia propia de los s XIX y XX pero apuntada desde centurias anteriores, no tiene porque prevalecer a lo largo de todo el próximo milenio. El texto tal como es concebido puede desaparecer pero el discurso no. si hubo una época en que fue satanizado por ser foco contra la ignorancia e instrumento contra los poderosos, no está exento de peligro su fetichización como objeto sagrado en la parte nobilísima de las actividades humanas. Una situación híbrida como la descrita en Farhenheit 451 en la q no hay textos escritos porque han sido quemados pero sin embargo hay personas-libro encargadas de memorizar cada una, uno a la perfección, que luego transmitirá a otra para que lo memorice, en ese contexto ¿de que clase de cultura se está hablando? ¿desaparece la transmisión del saber porque hubiera una liquidación textual de los textos e incluso una pérdida de herramientas didácticas para mantener vivo su aprendizaje entre tanto que la palabra escrita fuera sistemáticamente negada? evidentemente no habría desaparecido y se habría dado una vuelta a la cultura oral como predominante con bastantes connotaciones con la oral clásica con transmisión de leyendas contadas sino exactamente igual sí manteniendo un respecto a su mensaje troncal, las leyendas q pueblan todas las culturas del mundo.

La previsión a pesar de todos los cálculos sobre totalitarismos no es la de la destrucción de todo lo impreso, aunque no deja de ser un ejercicio mental interesante pensar acerca de ello. ¿Qué pasaría si un determinado microorganismo -para librar el ensayo de especulaciones sobre políticas autocráticas y regresivas-atacara el papel entintado y lo corrosionara irreversiblemente con tal rapidez que todos los mecanismos humanos no pudieran sustituir con la misma velocidad lo destruido? ¿Qué pasaría en suma si la civilización se enfrentara a la pérdida de todos sus archivos y documentos, y no pudiera hacer nada al respecto? Propongo entrar en esa dilucidación y no subterfugiarse en los amparos electrónicos de la información encapsulada en transistores. O para extenderla todavía más terriblemente ¿que pasaría si todo soporte de texto se extinguiera? evidentemente solo cabria pensar en la memoria biológica como único depósito de archivo. con todas las calamidades q. ello supusiera ¿acaso los milenios de saber acumulados en los textos desaparecerían automáticamente por la falta de presencialidad de éstos? Solo desacralizando el texto, por importante constituyente que sea en la formación de la conciencia social y el crecimiento completo de los individuos, se puede admitir la libertad del discurso y la apertura a otras vías desde que transmitirlo. No es que otras lecturas pictográficas o plásticas y otros lenguajes dentro del arte, suplan o suplieran las necesidades de la lectura palabra a palabra, línea, página a página, de los millares de textos que puede abarcar el interés de lectura a lo largo de una vida.

La integridad personal y cognoscente no puede sucumbir porque los representacionales de su saber se extingan como presenciales. De otra parte la literatura escrita en su conjunto, la ensayística y la filosofía, ¿no gira acaso desde hace bastantes siglos en torno a temas sempiternos? de alguna manera cada libro es la reescritura de otro anterior. Y el libro de uno forma parte del continuum reflexivo de otros. En última instancia todos los libros serían un libro. Y el tener muchos en casa o poderlos citar con más acierto no es un demostrativo de saber más, aunque a menudo se utilice como parámetro del que sabe más. El despliegue de libros abiertos encima de la mesa de trabajo sobre el sofá y la alfombra en casos extremos en un enlibramiento de los espacios para hacer uso y contrauso de autores y parágrafos forma parte de los criterios y peajes necesarios para un determinado proceso elaborativo.

La elaboración parte de lecturas, de las cuales han partido vetas de estudio y seguimiento, y a partir de aquella hay la configuración de nuevos libros a través de redacciones exprofeso. Son cuatro universos diferenciados y separados por el signo de mayor que e incluso precedidos del universo del estimulo por el leer, es decir el universo de lo hablado y lo transmitido oralmente desde los discursos de la fábula a los del hiperrealismo.

Transmisión hablada anterior o > lectura > estudio > elaboración > escritura. La palabra emplazada, la buscada, la colocada en la plaza (JLarrosa) es el ejercicio investigador para volver a decir lo dicho desde lo no dicho y avanzar aunque sea milimétricamente en la captura comprensiva del mundo. El texto, todo texto en la forma que sea y en todo su repertorio de soportes, desde el pergamino al digital enpantallado, es un segurizante, es la ley, es lo recursivo, es el aliado frente a los oscuros incomprensibles. Es el depósito de los universales conocidos para hacer frente a las leyes por hacer que son generacionalmente desconocidas. El texto, cualquier clase de texto, es el compañero existencial para hacer frente a todo aquello absorbido por el canibalismo de lo inexistente, es decir, del no- texto.




[1] Larrosa Jorge, La experiencia de la lectura. Estudios sobre literatura y formación. Laertes. Barcelona 1996

[2] mayo 1997.