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2 Diciembre 2008

Los Errores involuntarios

No somos angelitos. Tener dedos para escribir y voluntad escritora puede convertir a un autor en un peligro potencial. Al lado de todas sus virtudes creativas hay que contar con que pueda ser reproductor de errores, incluso a su pesar. Cuanto más se escribe y más datos se manejan, estadísticamente más probabilidades uno tiene de cometer equivocaciones aunque esa no sea su intención. Lo mismo se puede decir de quien más habla. No hay nada como observar a alguien que utiliza la boca como ametralladora sin darte respiro, para darte cuenta de la cantidad de sandeces que puede llegar a decir por hora. Errar es humano, sí más humano que animal. Los animales tienen una memoria prodigiosa de sus equivocaciones para no volverlas a cometer. El humano funda su línea existencial en formas equivocadas de vida o con tipos de vida que contempla el error como una constante ineludible.

Distingamos entre errores conceptuales y errores concretos. Los unos tienen que ver con un enfoque inercial de vida, con un tipo de método –o una falta del mismo-, con unas tradiciones y hábitos; los otros tienen que ver con detalles no depurados, ecos de datos falsos, transmisión de mentiras o bulos. Los primeros en realidad no son involuntarios sino que son el resultado directo de formas de vida escogidas a pesar de sus consecuencias. Sus autores los justifican de muchas maneras. Pueden decir que vivir es equivocarse o que no hay forma de vida que no incurra en errores importantes. En cuanto a los otros pueden ser de orden menor pero que sumados pueden ser un gran error. Estoy de acuerdo en parte que el hecho de nacer obliga a una tesitura existencial no exenta de errores. Desde el momento en que no es dado elegir el paraíso ni el planeta mejor el animal humano se ve enjaulado en unas condiciones de por vida que le van a servir de coartada para sus no pocas equivocaciones. Muchas están tan conexas a las formas de vida que son inseparables. Es así que se respira mal, se come mal, se cometen fallas de bipedestación y otras constantes. Algunos de esos errores están tan adheridos a la personalidad y a la forma de ser que ni siquiera son advertidos como tales. Tan solo trabajos de autoconciencia y reeducación postural y alimentaria y eliminación de hábitos nefastos permiten calibrarlos en su total medida. Son errores de partida de los que no se es consciente hasta unos años despues debido a la mala educación recibida. Hablemos de los errores eliminables y que, sin embargo, forman parte de unos hábitos insanos. Nos tropezamos con ellos continuamente en las formas de hablar, de estar y de escribir.

Cuanta mas conciencia se adquiera de ellos mayores posibilidades tiene el hablante de desdecirse corrigiendo. Es curioso que una de las cosas más difíciles de hacer que le cuesta a un humano sea autocriticarse, asumir su error para corregirlo, aceptar el impacto negativo o el daño que haya podido ocasionar con él. Prefiere correr un tupido velo como si la cosa no fuera con él. Muchas excelentes relaciones personales han terminado por una falta de reconocimiento en el error. Es la paradoja del demagogo: de una parte en el registro teórico sabe y no para de decir que todos cometemos errores pero en el registro práctico nunca asume los suyos ni es capaz de reconocerlos. Reconocer el error es más que eso, es reconocer haber sido su agente difusor, haberlo extendido, haber hecho daño.

A fuerza de tratar con errores en la vida, los propios y los ajenos, me he dado cuenta que la confrontación o el foro para ponerlos al descubierto no existe en la frecuencia que debería existir dado el volumen de aquellos. Se prefiere presumir de una elegancia permanente, de un estilo inmaculado, de un control de lo datos soberbio, de una delicadeza por los detalles extraordinaria. La mejor manera de acabar con un error es concienciándolo. Eso, supuestamente, pone a salvo al resto de la humanidad de ese error de uno conciencia, cribado y eliminado para siempre. En cuanto a los errores previos cometidos no hay reparación posible que la propia sensibilidad además del esfuerzo anexo para contradecir la falsedad previamente emitida, Juvenal, en términos más absolutos sugiere que el primer castigo de un culpable es que jamás será absuelto por su conciencia. Bueno no estamos hablando de crímenes sino de errores menores. Desde propalar falsas informaciones porque han sido tomadas por validas por la fuente que nos la ha dicho sin contrastarlas a cometer equívocos semánticos o citar datos inseguros. Un autor prolijo que trabaje a pleno rendimiento no está a salvo de si mismo cuando el excesivo deseo de referencias le lleva a utilizar algunas sospechosas. Si en el hablar hay el riesgo de errar, en el escribir el riesgo solo se elimina tras repetidos repasos y depuraciones del texto escrito. Al hablar se le disculpa el error por su espontaneidad y frescura; a lo escrito no, puesto que ha tenido tiempo para la corrección y rectificación. Personalmente prefiero el texto escrito fresco y espontáneo que no el muy meditado y repasado. Así pues, soy un candidato a un mayor número de equivocaciones. Escribo sin diccionarios de sinónimos y confío más en mi memoria que en listas de palabras de las que echar mano. Con respecto a las citas de autores prefiero referirlos que citarlos textualmente a no ser de que tenga la cita exacta delante y que pueda traspalarla entre comillas. Ese detalle me ha costado horas de discusión con académicos abyectos que insisten en detallismos de estilo homogéneo por encima de la idiosincrasia de autor, A fuera de tratar con algunos que me demostraron su ignorancia real en el pensamiento a pesar de todo su detallismo filológico llegue a creer que el pensamiento vivo se genera antes fuera de un aula que en ella.

Los errores involuntarios no disculpan a quien los comete. A fuerza de practicar su oficio cabe concederle el margen de tolerancia mínimo para que lso vaya depurando. Insistiendo en su depuración se terminarían por construir textos perfectos pero esto es tan impensable como un mundo perfecto en todos sus aspectos Lo grave no es tanto la comisión de errores como el supuesto inamovible de no cometerlos nunca. Preverlos es ya una forma de advertencia de que no se puede aceptar lo propio en todos sus extremos como indiscutible. No en vano los autores se curan en salud en sus prefacios asumiendo a priori la responsabilidad de los errores que hayan podido cometer en el trabajo que presentan.

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