Concepto de indicadores de cultura.

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Renovación del concepto de indicadores culturales y límites enseñantes ante nuevas tecnologías.

-Resistencias a la recepción de los contenidos de saber administrados.

Lo que sabe una persona no pasa por su capacidad de citas ¿o tal vez sí? ¿Una persona son sus referentes? ¿Hay otra clase de cultura, la del argot y la de la peyorativizada subcultura? Lo que sí parece bastante consensuado es que la cultura no queda reducida a la cultura impresa y que ésta está perdiendo por momentos su lugar definitorio o su valor epistémico. Si quien mas sabe no es quien más libros tiene en su biblioteca privada ¿Por qué su acumulación y una cierta bibliofilia va emparentada con las prácticas de la gente destacada del saber? y ¿por qué su perdida puede ocasionar verdaderos desmanes en el propio equilibrio emocional? Se ha venido definiendo compensativamente la cultura como aquello que queda después de olvidar todo lo aprendido. Pero ese aquello es una indeterminación descomunal que a la hora de precisarla puede dar vacíos en lugar de respuestas. Por otra parte tener una memoria de archivo recurrente para repetir siempre y por orden impoluto los predicados redactados por una pluma más o menos lejana o autorizada, es eso, tener una memoria, no necesariamente quintaesenciarla y extraer los substratos válidos de aplicación a otras circunstancias. Las escuelas coránicas utilizan didácticas memorísticas y la cultura oral es la transmisión sin error, generación tras generación, de los postulados de la Tradición. En la actualidad ya no son necesarios los aprendizajes de otras épocas. Nuestras calculadoras operativizan cualquier complejidad matemática (aunque en algunos exámenes en enseñanza media siga estando prohibido su uso) y nuestros programas de diseño puedan hacer proyectos impensables no hace mucho. Paradójicamente la cultura actual ya no pasa por tener todo mentalmente archivado sino tener las claves y vías fundamentales de accesos a lo que puede guardar un saber. De las grandes bibliotecas privadas se está pasando a las disketecas y de la cultura impresa a la cultura virtual. Consiguientemente las oratorias culturales correspondientes dan paso a los discursos open, permanentemente abiertos y enriquecibles en procesos de conocimientos on-line, donde entre muchos se va adelantando una cultura de las culturas. La tecnología permite infinitos recursos de ayuda memoria y quien sabe ya no es quien se mantiene como parlante sino quien es el recursor y recursivo para la obtención inmediata e in situ de la información que precisa en cada momento. El ser cultural deviene así en el ser sinóptico, que actualiza su versión de estar con los objetos del Saber, a partir de las vetas fontanales q va contactando. Continuará la práctica del viejo lenguaje literario y una retórica hedonista para la complacencia de los sentidos y la producción de las emociones pero en decremento del valor de lo que dijo quien en tal momento sobre tal tema. En la medida en que técnicamente ya es posible interferir todos en todos de maneras impactantes y directas, cada ser se convierte en elaborador de materiales para otros y en especulador acerca de los productos ajenos. La frontera entre sujeto y objeto tiende a desaparecer. Y en su lugar emerge rotundamente el conflicto entre sujetos por la pelea del mismo objeto. Desde las luchas tribales a las sutiles contiendas academicistas y entre universidades y laboratorios, pasando por supuesto por el reinado de los protagonistas de la descalificación recíproca: los políticos, si en algo se puede resumir la historia de lo humano en sus controversias es el de la batalla intersubjetiva por el territorio. En el fondo hay un común denominador entre los soldados de las trincheras y los polemistas de las teorías: la aprehensión de un mismo objeto codiciado: sea una zona de valor estratégico o un sistema explicativo que agote un objeto de reflexión. Tanto en un sitio como en otro hay expresiones de la cultura: tanto la violencia descontenida de unas formas como la sutilidad de otros dominios. La muerte arrebatada recoge un patrimonio cultural y las tradiciones del respeto y ayuda mutua no son exentas de las violencias sumergidas. ¿como si no justificar actitudes de traición, vendettas, plagios, y negocios sucios y carreras por las cátedras, en ambientes sofisticados, donde cabía suponer que un mayor refinamiento intelectual comportaría un mayor control de las bajas y primarias pasiones?

Todavía el afán por enseñar y transmitir una cultura coetáneamente a sus co-presenciales y distalmente, como herencia, a sus generaciones por-venir, lleva a suntuosas y complejas teorías del como hacerlo/como conseguirlo, prevaleciendo el énfasis en la adquisición de datos y citas, y con ellas, de reglas y normativas. Partiendo de premisas-consenso acerca de los mínimos obligados a saber. El delito metodológico de tal planteamiento es que todo saber es potencialmente un no saber. El fantasma socrático de que a mayor saber le corresponde el reconocimiento del no saber, flota inevitablemente sobre las mentes investigadoras y las ilusiones docentes. en consecuencia todo baremo de mínimos, es contextual y necesariamente pereclitable. Así mismo las técnicas de diagnóstico de aptitudes que hicieron su furor durante un tiempo, tienen una validez temporal, en tanto que todos los ítems de un test (también los de actitudes con c intercalada) tienen una caducidad sin excepción. Lo que nos lleva al reconocimiento de la transitoriedad de los predicados, de su de funcionabilidad. A partir de lo que solo se pueden obtener falacias acerca de presunciones de futuro de sujetos en edades prematuras.

Por su parte el arsenal pedagógico, distribuido por áreas, especialidades, instituciones educativos, centros, niveles y complejos organigramas de los que se dota o decide cada administración de la cosa pública., choca con la decisión de los indicadores de un saber sustancial público que puede contradecir tanto a los intereses creativos de los individuos encuadrados en el sistema, como a la trayectoria de la época en la que se está. Por eso toda tentativa de listar y enumerar uno a uno aquellos indicadores que se consideran pertinentes para demostrar una existencia de cultura, chocarán antes o después con la propia dinámica cultural.

Si estar al corriente de los cambios gubernamentales del propio país o de la comunidad europea o incluso del anormal internacional es una muestra de estar situado ante las piezas que son jugadas y quienes las juegan, no por ello, no seguir las noticias es un indicador de estar fuera de la realidad. Ambos comportamientos: el que sigue noticias y el que no las sigue, obedecen a criterios realistas igualmente válidos y a cuerpos culturales distintos, pero tan consistentes el uno como el otro. ¿que pasa si aplicamos ésta comparación a otras muchas áreas, o a todas las demás? ¿deja de haber cultura cuando hay una caída de interés? Más allá de los agentes culturales y de los instrumentos operados para la docencia, lo que enseña es lo que repetidamente se ha llamado “La Vida”, puesto que cada viviente racional es un extraedor de experiencias de ella. “Quien enseña es el mundo como un todo. Y de manera especial, enseñan todos los agentes de socialización. Pero quien aprende es una persona concreta” (S.Estrada)[1]. El de enseñante es un rol que queda colmado con el de aprehendiente. Todo ponente se estrella frente a la estulticia o la refracción. En un contexto moderno de pusilanimidad, no lectura y escasa capacidad atencional más allá de los 15 minutos en situaciones escolares muy deterioradas, queda más patente que nunca que es mas importante la transmisión de los algoritmos del aprender a aprender que no la lluvia docente de magistralidad. En particular cuando el futuro próximo de los sistemas educativos y los patrones culturales tienen mas que ver con diseños de redes y contextos de seminarios compartidos y coelaborativos, que no en las relaciones clásicas binomiales erudición-escucha o ponencia-audiencia. Los instrumentos de saber tienden a rehumanizarse de otra manera, con los sistemas telemáticos, las pantallas y los recursos autoeducativos (todo, o casi, está en las fuentes, en los documentos, en los archivos, en los libros, en los diskettes y es cuestión de tiempo que el saber universal con todas sus bibliotecas e investigaciones en curso, esté en robustas y discretas memorias digitales).De ahí que la figura del que aprende como rol que se va haciendo y consolidando en ese proceso de Construcción de la Razón, desde la experiencia del Uno (del individuo, del alumnando) sea infinitamente más significativa y futurible que la del Enseñante. En realidad esa es una figura profesional extinguible, aunque no hay que temer que sea ni siquiera a bastante largo plazo- Su reciclado hipotéticamente pasaría por funciones tecnodidácticas como ya viene sucediendo en nuevas profesiones derivadas. Eso sería posible o se dará a partir de procesos básicos de equivalentes a Primaria para otorgar backgrounds y rudimentos estructurales.

Luego el principal agente educador sería el mismo acto interactivo del aprehendiente directamente con el objeto que quiere aprehender. No es tan importante esa presunción de segunda naturaleza, la social, que atribuye Estrada tomándola de los antiguos sofistas y en la que también insistiera el marxismo. O al menos no admite una sola clase de configuración, la del acto presencial en el lugar grupal. Por otra parte, la presencia de lo social está en todo, es decir en el conjunto de objetos inanimados que nos envuelven, dentro del hábitat y fuera de él. Esa temible imagen del ser individual absorbido por su pantalla y ajeno a lo que pueda pasar a un metro de sus flancos, por sus consecuencias adictivas y nefastas en cuanto conducta reductora del contacto social, no tiene porque ser tan alarmista. Siempre ha habido un cierto temor primigenio a la innovación. Si lo hubo con el teléfono en su momento o con la televisión en otro, no por eso la gente dejo de hablar directamente con su voz o dejó de ir a las salas de proyección. Lo que hay que distinguir son la transformación de los factores socializantes y su reinterpretación dados los valores y praxis colectivas vigentes. Lo socializador no es ese estar física y presencialmente con los demás (Algo de lo que las sociedades de masas y las ciudades masificadas tampoco permiten evitarlo) sino estar en una sintonía de substancias. lo cual es accesible desde la distancia. Ese es el reto cultural del individuo, hacer sus encuentros con el mundo y consigo mismo, estableciendo sus propios parámetros de saber y sus autoindicadores. En última instancia cada persona es la única que podría juzgar su potencial intelectual y nadie en su lugar definir el refinamiento exigible. Además toda Cultura por mucho que se iguale a conocimiento y avance, es una suma dialéctica y contradictoria tanto del Saber como del no Saber. Una cultura también está formada por animismo, irracionalidad, tradiciones ancestrales y descubrimientos barrados. Ser cultural en algo también significa pertenecer y estar conectado a esa veta de interrogantes y temores. Los supuestos indicadores culturales de lo positivizado, bajo la acusación estigmática de que no se puede existir o estar a la altura de las exigencias actuales sin conocer tal o cual teoría, o tal o cual autor, no deja de ser una burda simplificación de todo este cuestionamiento. No hay que olvidar que el estudio de unas obras y autores en profundidad siempre corre en detrimento del no estudio de otros y otros. Todo saber específico contrae pues la responsabilidad de la falta de un saber holista. Es justamente la contradicción inherente a las hazañas intelectuales del ser humano que viene tratando de resolver desde el más allá de lo concreto y por lo tanto de los programas de materia y créditos a asumir, en ese más allá, en esa meta-física, es donde pueden intuirse algunas pistas de hallazgos de conclusiones reconfortantes. Entretanto el no cumplimiento de respuestas acertadas a las preguntas de programa (de orden pre-establecido) y las consecuencias fracaso o demora escolar ante su no acierto, pueden ser reinterpretadas desde un constructo de antifatalidad en lugar de desde una posición de derrotismo del método.




[1] Estrada, Sara. Ensenyar amb seny. Veus Alternatives juny 1996