El símbolo ha constituido y constituye crecientemente el objeto de reflexión más interesante tanto desde la filosofía especulativa como desde los campos concretos del saber en sus repertorios de demandas. Y en particular es un considerando ineludible en las ciencias educativas y en la defensa de un método de transmisión de conocimientos. Frente a la insistencia de Valores como producto consistente por el que educar y transmitir y Contenidos como parte de los objetivos didácticos de una materia dada en un espacio, una ubicación y unos medios, el símbolo pertenece a una esencialidad abstractada que va más allá de la inmediatez de un programa pedagógica y que entra en un parámetro de extemporalidad, en tanto que elemento de incorporación a una manera de ser en la vida. Tras la última lección dada, “la última página ya escrita, la última palabra ya dicha”[1] queda un peso superior a los contenidos expresados en cuanto maneras, fórmulas, formalidades, temáticas, capítulos, memorias, tesinas y es una dimensión simbólica adyacente. No se trata de una propaganda deliberadamente implícita para colocar unos ritos por unos símbolos sin el consentimiento del alumnando, sino de una transmisión a pesar de la propia categoría ideológica del transmitente.

Más allá de la importancia de un saber bancario o enciclopédico de acumulación de los tesoros del saber en cuanto a datos almacenados, ordenados, taxonomizados, y colocados en condición de recursos de información para cuando sean necesarios, lo más permanentizable y que se ha convertido en parte esencial de la vida diferencial del educando es el que ha asociado educación a educación simbólica. Su último patrimonio son los actos simbólicos como resumen de todo lo demás. Lo simbólico acaba por referirse al símbolo en concreto y a los símbolos dentro de una gama de resonancias para su receptor concreto. Refiere un juntamiento de esencialidades. El symbolum latino o el symbolon griego derivan de symballo cuyo significado ya era juntar. “El símbolo es una figura real...que además de lo que ella es en sí y por sí misma, desempeña la función de descifrar y evocar algo distinto a ella. Y es sabido que unos determinados objetos acaban representado simbólicamente a otros”[2] . Una función simbólica es necesariamente una función evocativa representacional. Un símbolo no queda en él sino que es un conector con un universal. Es pues un desparticularizador de cada inmediatez en el que está contextuado para llevar por una vía rápida de interrelacionismo a lo universalista. Tomando el símil de los agujeros negros espaciales que desarrollan un alto poder energético cambiando las pautas de espacio-tiempo y permitiendo supuestamente aceleraciones de la luz. El símbolo usurpa la focalidad atencional de lo concreto para imperativizar el valor principal nutrido por experiencias diversas. El símbolo acaba por categorizarse como la propiedad fundamental de la substancialidad humana, tanto más importante cuanto que hay una saturación de la cultura sígnica. La escenificación del eslogan, de la fórmula y de la señal distintiva es una invitación permanente a una distractibilidad sobre la que pretende descansar el impacto de imágenes en una sociedad predominantemente visual. La configuración del homo videns se va construyendo lentamente desde una acomodación de sus recursos, la de aquella, pero también comportará su contrapartida la del homo zapping, la del sujeto inquieto incapaz de detenerse en cada proceso por la carga saturante de sus mensajes. Y en particular esos nuevos tipos humanos se reconfigurarán en un reconocimiento de sus obstrucciones intelectivas para perderse y discurrir entre la letra pequeña de las páginas impresas. El mundo ilustrado de la imagen ha puesto al descubierto que la invasión del mundo de los negocios y de la cultura por un exceso dominante de la letra menuda, ha dado por síntoma, una saturación ante ella. La letra pequeña en determinadas condiciones de contratos empieza a ser punible o incluso es legislada en cuanto a su tamaño mínimo obligado. La letra menuda de advertencias de determinados artículos de amplio consumo está marcando el poco interés en que tiene que existe para que se leída. a pesar de todo, la letra deja de ser apreciada en su tamaño cuando solo es un pretexto para entrar en las sensaciones que le son crípticas. Las promesas de sus placeres encerrados quedan desacreditadas para tentadores de esa verdad y que sucumbieron en las primeras intenciones. los que las superaron gozaron de universos no transmisibles.

Hay todo un proyecto de reconfiguración del ser, para desbancarlo de su reflexión autónoma y hacerlo como un autómata reproductor de lo visto. Desde la sociología de la educación ya quedaba establecido por Bernstein (1990)[3] la función del educando como una unidad de reproducción. La cuestión no es tanto los automatismos al respecto (todo animal mimético es reproductor de las imágenes que ve o del los elementos que integra en tanto tenga facultades organísmicas para ello) sino los contenidos de la reproductibilidad. la transmisibilidad es indisociable del conjunto de actos vitales. donde hay una acción determinada hay la gestión de una acción que puede ser ya educativa en si misma dependiente de observantes de ella, incluso sin una intencional educadora previa por el ejecutante. Las lecciones vitalistas no tienen porque ser dictadas como tales. Observaciones aleatorias de un día cualquiera en un lugar cualquiera pueden proporcionar conjuntos aleccionadores. Por supuesto eso ni quita ni relativiza, que acudir a la convocatoria con un determinad conferenciante o trasladarse de laboratorio o de hemisferio o de universidad, puede poner en contacto con un filón no encontrable en la proximidad. El nexo vertebrador a cuantiosos científicos españoles que desarrollaron sus carreras en el extranjero obedecía/ce al contacto con esos filones y con una continuidad del saber estructurado y de la metódica del aprendizaje. Incluso para un científico una investigación no deja de ser una recuperación de una parte obscura de la realidad, una recuperación de ella en cuanto descubrimiento y aprendizaje de los contenidos que hasta ese momento eran velados. Aquí el contacto de objeto es trasladado a la naturaleza o a lo que no ha sido concienciado. dentro de los bienes reproducibles, intercambiables y/o vendibles están los productos del capital cultural, que a pesar de ser en un principio un fenómeno a temer por la sociedad dominante que contaba con la ignorancia de las masas como el mejor aliado para su capacidad de opresión, ha sido con posteridad el reconocimiento de unos artículos que pueden conformar en cierta manera a la población o entretenerlos en la demora de sus otras conciencias. Bourdieu[4] habla de aquellos sistemas de significados, disposiciones , actitudes y normas que directamente o indirectamente están definidos como valores sociales aceptables y lo son por el poder social. Contra esas entregas ha y que pensar en términos de contraposición y de una herencia de lo simbólico como de lo imperecedero. Lo cultura también entra dentro de circuitos de moda y mantener una entelequia de supuestos formantes o agentes de formación, sin que creen las posibilidades para verdadero despliegues de la creatividad. La transmisión de símbolos como propiedades substanciales puede pasar de generación en generación sin que se doblegue a los imperativos consumistas de cada moda académica o de los intereses mediatizados por el mercado y las industrias de lo reconviene[5] saber en cada momento a juzgar por los administradores de lo que debe ser el saber público.




[1] Sucasas,Juan Alberto. El juego de Voces. en Ética y Subjetividad. Lecturas de E.Levinás. Coord.Graciano Glez R Arnaiz.ed. Complutense, Madrid 1994

[2] García Morente. Enciclopedia Larousse. Planeta,.Barcelona 1983

[3] Bernstein. Basil, teórico en sociología de la transmisión cultural. En Poder, educación y conciencia (bcn,1990) aborda las relaciones entre poder, significados y conciencia. La sociología de la educación como proceso de producción y reproducción cultural y su impacto en la transformación del poder en principios de comunicación y las reglas profundas de todo dispositivo pedagógico.

[4] Bourdieu Pierre. La reproducción, Laia, Barcelona 1981

[5]