Asunto/Propuesta/Tema: Balneario Copropiedad y Convivencia
Koubri, monastere benedictine 2008 abril 22
Proyecto: copropiedad de una finca habitable para convertirla en centro de referencia cultural
¿A partir de qué edad uno piensa que es viejo, a partir de qué otra le toca reconocer que es físico-dependiente para enfrentar sus necesidades básicas?
Son dos preguntas distintas. La primera se puede sortear diciendo que eso es puro subjetivismo. Se tenga la edad que se tenga lo importante es como se siente uno de verdad. De acuerdo, la juventud no queda limitada al período biológico garantizado por la naturaleza en el que los músculos son jóvenes, los huesos lo aguantan todo y la fatiga parece imposible, es sobre todo una construcción mental. El criterio: rejuvenecimiento continuo con estímulos y una buena calidad de vida. Hace falta mucho tiempo para poder sentirse siempre joven, eso lo dice la gente longeva que no tiene motivos de queja de su organismo y su espíritu siempre es de talante optimista.
La segunda pregunta nos deja sin posibilidad de escapada. Hay que reconocer los hechos objetivos que son paralizantes: tal órgano ha dejado de funcionar, tal dolor es incapacitante, tales o cuales cosas ya no se pueden hacer, el esfuerzo es limitado o el agotamiento para unas mismas cosas sobreviene antes. Oí a alguien decir que la vejez se puede medir por el número de veces que uno tiene que levantarse durante la noche para ir al cuarto de baño. El cuerpo es el escenario en el que más se retrata la filosofía del límite. Lo más paradójico para la senilidad es que mientras el cuerpo se deteriora la conciencia mental puede ir incluso a más en algunas ocasiones.
Sabemos que cuando la gente mayor es almacenada en un tipo de residencias donde predomina un falso paternalismo que trata a su clientela como seres vegetativos o muebles, esa actitud les precipita la muerte. (La gran paradoja de estos establecimientos es que a menudo la categoría intelectual y digna de los ancianos supera las prisas y las motivaciones exclusivamente salariales de los empleados. Es una reunión de desencuentros entre la elegancia y la fuerza). Para muchos de sus residentes, sus hijos no pueden, o dicen no poder, tenerlos en casa puesto que tienen que seguir con su trabajo y si los dejan solos pueden hacerse daño, de otra parte el anciano deviene una figura sobrante en todas partes y donde más se notan es en sus contextos familiares. No es extraño que muchos ancianos prefieran vivir solos mientras puedan, antes de ponerse al cargo de sus hijos o de ir a residencias despersonalizadas.
Hay una tercera opción: autogestionar esta perspectiva a quienes tenemos en puertas la vejez.
Las manchas se extienden como nuevas marcas en la piel, la perdida de visión y algunos lapsus aumentan en medio de otros déficits físicos que van condicionando la personalidad. Bernard Shaw la vejez tenia dos ventajas: dejaban de dolerte las muelas y dejabas de escuchar las tonterías que se decían a tu alrededor. La vejez no tiene porque ser el acabose. Si nos hemos pasado casi toda la vida supliendo nuestros déficits con nuestro poder imaginario ¿Por qué tiene que ser distinto en los últimos años existenciales?
Las visitas a residencias son experiencias frustrantes: son aparcaderos para morir. Ninguna comunicación a pesar de todas las atenciones que puedan estar garantizadas dentro de una absoluta escisión entre el personal que cuida y el que es cuidado. Hay una famosa película en la que una anciana que no tiene quien la visite pero que cuenta el relato de su vida a una visitante que va a ver a su pariente (la actriz de Bagdad Café. Tal vez la película a la que me refiero fuera Tomates Verdes Fritos) decide ya muy anciana abandonar el centro para ir a morir sola a su antiguo pueblo. La visitante la localiza y se la lleva a casa para, con su marido, ocuparse de ella.
Es una película, superbonita y superemotiva, que no tiene correlato en al vida real. En mi niñez recuerdo que el ayuntamiento organizaba el día del anciano y las chicas jóvenes de la localidad se emparejaban con los más viejos. La cosa no pasaba de dar un paseo cogidos por el brazo y tal vez de un baile, no tengo noticia de otros juegos mayores, pero daba el talante de un humanismo totalmente perdido en nuestras latitudes actuales.
Los que estamos apuntados para ser la próxima remesa de viejos no tendremos la suerte de encontrar desconocidos que se hagan cargo de nuestros huesos andantes ni eso tampoco tiene porque ser nuestro deseo, como tampoco nos entra la idea de hacer de fardos al cargo de nuestros hijos. Bastante harán si se ocupan de gestionar nuestras últimas voluntades y no maltratan las cosas que dejemos a su cargo.
Cuando éramos chicos/as de la utopía y del romanticismo no pensábamos demasiado en que algún día nos haríamos ancianos. Eso no quedaba dentro del cálculo de nuestras matemáticas entusiastas. La modernidad y occidente, incluso dentro de un modelo capitalista caracterizado por la especulación y por la persecución de los beneficios, han preparado nuestra longevidad. La gente tiene una esperanza de vida mayor pero también una probabilística mayor de sufrir crisis incapacitantes. Las advertencias de inmunólogos y especialistas médicos sobre estadísticas de fatalidad nos dejan patidifusos (uno de cada cuatro personas que lea esto sufrirá un cáncer). Para nuestro punto de vista todo ser humano es un tipo deficitario en potencia, la cuestión es saber de qué, cómo y cuando pero las causas están dadas. Muchas patologías que antes no alcanzaban a los ancianos (un anciano lo era a los 60 años o incluso desde los cincuenta) en la actualidad sí nos van a alcanzar por razones de tener mas perspectiva temporal dando la tabarra sobre la capa de la tierra.
Lo ideal es una larga vida con plena consciencia de ella hasta el día de la última expiración sin necesidad de morfinas u otros atenuantes. Dadas las variables que nos esperan y la comprobación estadística de la creciente mortandad a partir de unas edades, nadie se hace ilusiones sobre su eternidad corpórea, y la otra, de haberla, pasa a ser la elección delirante o no de cada cual en la que no cabe objeción rentable alguna.
Las variables acerca del dolor y la decrepitud –sobre todo ésta- posibles hicieron recomendar a los románticos no vivir demasiado más allá de los cuarenta. Para la época de lord Byron quizás esto parecía una edad tope recomendable pero para la nuestra en que la gente empieza a emanciparse a partir de los 30 y necesita otros 30 viviendo una vida hipotecada para pagar sus propiedades, los cuarenta no es más que una cifra menor. Los que hemos pasado de lo cincuenta sabemos que hay experiencias tardías que han podido superar tanto en placeres, como en disposición de libertad, como en recursos, como en inteligencia a las experiencias de las décadas más juveniles, ciertamente más energéticas pero también más cargadas de tonterías y con mas conductas un tanto idiotas tiradas a fondo perdido.
En algún tiempo en que no creímos en la propiedad privada y que nos afanamos por compartirlo todo hablamos sobre Comunas o teorizamos sobre propiedad colectiva. Nos dábamos besos en la boca como saludo entre desconocidos y creamos un simulacro de compartirlo todo. El amor libre nunca fue una verdad tan íntegra pero dejamos que nuestra imaginación diera vueltas al tema durante largas temporadas, en particular mientras nuestras libidos no paraban quietas y no aparecía nadie en el horizonte como la alternativa de pareja convivencial. Aquel tiempo dejó algunas experiencias prácticas comuneras en las que la propiedad la ponía otro (en casas ocupadas) y una noción algo triste de las dificultades de superar la propiedad privada.
Fuimos viviendo con talantes progresistas, sí, pero influidos por las leyes del mercado, que nos fueron convirtiendo lenta pero tenazmente en algo que nos resistíamos pero que nos ha configurado finalmente: la de ser propietarios de nuestros lugares de vida y la de compartir la residencia en ciudades desde la mutua y densa vigilancia vecinal,
La vida urbana nos ha circunscrito a menudo en pequeños habitáculos que llamamos casas y el espacio que no encontramos en ellos lo buscamos fuera con los equipamientos urbanos que los ayuntamientos modernos crean o frecuentamos más durante nuestros periodos de viajes.
Ante la perspectiva no tan lejana de un retiro, para llamarlo de alguna manera, pensamos en extender la idea, que ya teníamos, de buscar una casa con terreno suficiente a otras personas de inquietudes y sensibilidad similares donde ubicar nuestra última etapa existencial.
Buscar un lugar a compartir con mas personas, parejas o no, puede permitir mas recursos que hacerlo solos. No, nos planteamos las grandes proezas del amor libre o de la copropiedad absoluta en todo. Ambas pretensiones ya han sido suficientemente arrinconadas por los egoísmos dominantes de nuestra especie. Además, nuestros intereses pasan mas por el goce de la conversación elegante, la comida exquisita, la tranquilidad, la música, la pintura, la literatura y la escritura que no por territorializar cuerpos o pertenencias ajenas. En cuanto a la propiedad, cada cual puede tener la que quiera fuera de este proyecto si sus anclas con lo material le siguen pudiendo, o su potencial económico es mayor; basta ponerse de acuerdo en la propiedad compartida.
Imaginamos un posible terreno suficientemente grande como para perderse dentro de sus lindes pero suficientemente pequeño como para que quede bajo el control del grupo, con dos tipos de construcciones: las comunales y las privadas. Bungalows, Paillotes, Cúpulas geodésicas, pirámides, cabañas, containers,..cualquier modalidad puede valer con tal de que asegure el confort y la privacía. Y de otra parte salones de encuentro: biblioteca, comedor, sala de conciertos, solárium, invernaderos, piscina, sauna, gimnasium, espacios de relax.
En fin si no el paraíso sí algo con trazas de balneario a escala de consumidor exigente. Evidentemente es posible. Faltan dos cosas: gente con capacidad para asumir un acuerdo y medios económicos. Es necesaria la empatía y una cierta resonancia mutua en el contacto pero no entraremos en la caracterización de un tipo de perfil personal. Hemos aprendido que en todas las aéreas humanas, en todas las ideologías, en todas las actividades hay personalidades de todas clases. Hemos encontrado la gente más indigna entre los más revolucionarios y gente muy digna entre los no-revolucionarios y también psicologías muy tramposas en los proyectos más alternativos y otras más honestas en el campo conservador. Y al revés. No es hasta que tienes una persona transparentándose que puedes pensar en si habrá o no entente para una convivencia de este tipo, que como queda dicho no es absoluta. La definición a priori de los yo soy…sirven de bien poco. En todo caso si hay un tipo de exigencias mínimas de ética personal y de respeto ajeno. Sí pensamos en un tipo de socios/compañeros/as de ruta que hayan trabajado su integridad y su reeducación naturista de la vida, sin adicciones a tabaco y a otras drogas.
Un tiempo atrás insertamos un anuncio de muy poca difusión que tuvo una pequeña resonancia con gente que nos llamó interesados en esta idea. La idea es buena, otro asunto es si tendremos energia para llevarla a término. Experiencias previas con proyectos previos de otra naturaleza nos aconsejan de tomar contacto con gente segura de lo que quiere y que coincida con nosotros en esta perspectiva común de buscar un lugar compartido que satisfaga el deseo estético, espacial y de salud que pensemos además de preservarlo como oasis de paz y con una función recreativo-cultural tras nuestro fallecimiento. No seamos melodramáticos pero la muerte la tenemos asegurada, de la reencarnación no hablemos, en todo caso no es segura ni contamos con ella. Morir se ha convertido últimamente en un problema burocrático. ¿Qué hacer con los bienes de uno? Tus herederos, con los que a veces, paradójicamente, llevas tiempo sin contactar, se ponen en fila india para reclamar lo que llamarán sus derechos. Tenemos otra idea de lo que puede ser la herencia si un tipo de materiales que no interesan a nadie, tampoco a nuestros hijos, tales como nuestros fondos bibliotecarios, pueden servir como materiales de uso público. El balneario podría perpetuarse como tal tras nuestra muerte como recurso publico donado al poder local de su ubicación de tal modo que ningún socio, ni herederos, pudiera especular sobre su reconversión en otro asunto que no fuera el que hubiéramos previsto como cooperativa.
También tenemos otra idea de la ancianidad. Los europeos ven a los viejos como estorbos, otras culturas nativas no corrompidas por los símbolos del euro o del dólar los ven como personas a venerar, casi sabios. Déjame soñar: las residencias de tercera edad deberían llamarse las casas de los sabios en lugar de aquella otra denominación tan institucional. Sabios o no queremos compañeros de espacio no devastados mentalmente por sus achaques. Santiago Russinyol decía que hay gente que si no pudiera hablar de sus enfermedades no las tendría.
No imagino que dentro de 30 o 50 años si los vivimos tengamos más respuestas fundamentales de la vida de las que tenemos ahora. No infiero que un anciano se levante y diga un día: zas, se me ha revelado la verdad y el sentido de todo. El poco o mucho sentido con el que nos hayamos dotado en nuestras biografías hasta la edad madura es el que tendremos cuando nuestros huesos chirrien, la piel se apergamine, las arterias se hagan duras, el tejido muscular mengue, nuestros oídos se escacharren y nuestro andar resulte vacilante. La vida no tiene menos sentido por tener el punto y final más próximo y tiene mas sentido por tenerlo mas demorado. Vivimos para hacernos una clase de preguntas cruciales que no podremos responder nunca. Eso no quita que hagamos otras cosas que sean dignas de bon vivants y que nos permitan los placeres posibles manteniéndonos en activo física y, sobre todo, intelectualmente hasta el último día de vivientes. Eso es posible con otro concepto de ancianidad: no la de retiro en el sentido de autoexclusión sino en la de actividad.
A diferencia de otros proyectos juveniles en los que la cuestión principal es del qué vivir, un proyecto de balneario-residencial con personas jubiladas o prejubiladas cuenta ya con unos ingresos o pensiones aseguradas. Sin embargo para la máxima calidad de vida pensamos en un proyecto organizado tanto en un espacio natural de fábula como con personas contratadas para que hagan lso trabajos que los residentes no pudiéramos o no nos apeteciera hacer (fisioterapia, limpieza, cocina, huerta, jardinería, mantenimiento,…).
Si te queda un resto de utopía en el fondo de tu corazón y esta idea a grosso modo te parece de interés podemos enviarte el proyecto más desarrollado.
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