En el Aislamiento la noción del tiempo varía completamente. No es necesario el reloj para consultar la hora ni cumplir con ningún horario obligatorio en cuanto a ritos programados por otros del tipo que sean: los de las plegarias o las de las comidas. Los pájaros y los rayos te informan del momento del día y tus necesidades corporales también. Es lo más parecido a la praxis del eremita reconcentrado con sus meditaciones dejándose llevar por la secuencia de sus necesidades más intimas y espirituales. El mundo queda fuera literalmente, no tanto por la distancia geográfica como por ubicarse en un espacio donde no se da la coincidencia con el otro. El eremita puede pasar días o meses en estado de beatitud total tratando de conectar con el intríngulis del cosmos o simplemente dejándose serenar por los ritmos naturales del bosque y de sus sonidos y mensajes.
Actualmente las experiencias de aislamiento completo son difíciles. Algunas voces y ruidos motorizados lejanos pueden venir a interrumpir la soledad. De otra parte la soledad trae muchas dudas acerca de la seguridad contigo mismo, los peligros de la noche, la transformación de las formas de las cosas, de los árboles.
El autoaislamiento debería ser una medida profiláctica para todo el mundo cuando su carga de tensión y sus agobios problemáticos convierten a una persona en una bomba de relojería que estalla sin saber porque ni contra quien ni cuando. Los monasterios tienen un sitio de hermitage y toda comunidad adecuadamente organizada y recursiva debería tener un espacio de autoaislamiento al que ir por iniciativa propia cuando una persona necesitara reposar mental y físicamente tomando distancia tanto de sus obligaciones como de los demás pero también de su o sus roles en relación con el otro.
El aislamiento cambia los parámetros habituales de la ciudad, pero también del ajetreo verbal. El espacio colectivo suele imponer en un decreto no escrito la comunicación continua. La gente inhibida o no necesita esconderse en medio del barullo verbal. Las razones para un retiro de vez en cuando en el que predomine el paseo como zen y otros espacios del día como espacios de recogimiento no tienen porque ser extraordinarias. Basta adoptarlo como un criterio personal y como episodio regular una vez cada año o en cada periodo que se determine. Es una buena oportunidad para practicar el ayuno y hacer una limpieza por dentro del organismo.
Lo ideal del aislamiento es hacerlo en la más estricta soledad. Cualquier otra persona asi como mensajes externos pueden distraerlo. Lo cierto es que el aislamiento absoluto no existe. Deberían pasar muchos años antes de que un eremita perdiera todo vinculo con el mundo del afuera puesto que éste está presente continuamente en forma de recuerdos y lecturas. El afuera irremediablemente lo trae cada cual consigo mismo. El mayor realismo en este punto permitirá una mejor cura con la distancia conseguida. Cura de ruidos y estrés no solo en el sentido literal escénico sino también en el interno: aquietamiento mental e imaginativo.
La vida es tiempo y sin embargo los ritmos inerciales llevan a no encontrar tiempo para gozar del tiempo. Un retiro es esto. No hacer nada para percibir el paso de todo. Tampoco es cierto. Cuando suspendes las actividades diarias adviertes que tienes una compleja y larga lista de asuntos pendientes metidos entre neurona y neurona que no terminan de ser resueltos. No hacer el cuadro habitual mecánico diario también es una manera de hacer mucho. En el aislamiento se piensa de una manera mas ordenada y se medita de una forma practica sin pretender ninguna trascendencia en particular ni esperando que una columna de destellos venga y te diga que es el arcángel tal y te ha elegido para meterte en el vientre a no se que nuevo redentor.
Me gustaría compartir mis retiros con una persona entrenada o no en esa clase de experiencia. El esquema seria de una forma particular. Durante el día actividades separadas. Durante la noche reunión en torno al fuego, a la conversación y a la concentración acompañada. Herteroreflexión sobre la misma experiencia solitaria y las formas meditacionales. Es el momento en que las palabras pueden ser también las caricias y las manos hacer que nos sintamos más acompañados dentro de la inmensidad del universo. Los encuentros de soledad con el uno mismo lejos de perder el tiempo lo multiplican considerablemente. Víctor Hugo sostenía que a pesar de lo corta que era de por si la vida ésta todavía lo era mas al hacer un uso insensato del tiempo desperdiciándolo. A veces mucha invasión del otro, de los demás, dentro de nuestras agendas nos quita el tiempo que necesitamos para hacer altos y saber por donde sigue nuestra vida. La mayor libertad es la de no tener ninguna obligación con nadie ni la de seguir ningún protocolo. Aunque Plutarco dijo que la verdadera libertad pasaba por sujetarse a las leyes de la Razón. El razonamiento aplicado es el que reconoce los límites actuales pero también sabe reconocer la extinción de los límites antiguos. Las leyes de la naturaleza y de los procesos tampoco son algo definitivamente estático e imperecedero. Justamente la meditación trata de añadir la espiritualidad que le falta a la Razón.
Se puede vivir solo y pasar largas temporadas de meditación y reflexiones, reduciendo las actividades de sostenimiento físico al mínimo aunque también se puede elegir de tarde en tarde el espacio idóneo donde hacerlo y compartirlo con quien también necesite ese compromiso para llevarlo a término.
Si el aislamiento individual activa partes de la conciencia adormecidas, el aislamiento acompañado no solo no tiene porque dejarlas de activar sino que además puede funcionar como apoyo mutuo para ratos de ansiedad inesperada.
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