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La Coctelera

UNIDIVERSO

universo: lugar para las diferencias, la pluralidad y la diversidad sinérgica.

18 Agosto 2008

El retorno como reintroducción

La década de los 90 fue la de la reunificación de mi pasado con mi futuro. Tras algunos años de ensoñaciones, desplazamientos, viajes y desubicaciones volví a la geografía de mi nacimiento, que es en la que he ido fichando. Nunca abandonaría del todo el interés por otros atractivos geográficos pero Barcelona y su entorno me ha influido con los paisajes más familiares.

La magia de los lugares siempre me seguiría llamando para apartarme de mi lugar o, dicho de otra manera, para no sentirme nunca un residente homologado. Nunca me sentí muy convencido de pertenecer a un sitio. Pertenecer a un solo lugar del mundo era tanto como pertenecer a quienes lo habían construido históricamente, a los progenitores o a los que mandaban. Y yo, desde mi orgullo prematuro nunca quise pertenecer a los otros.

Pasadas las décadas del brío (los sixties, los setentas y los ochentas) volví sobre mis pasos. Había cruzado el límite de los treinta hacia de eso ya siete. Y parecía que se puede estar jugando con la vida hasta los 30 pero no después de esta cifra a la que tantas cosas y tanta gente te enfrentan como ralla fronteriza. O al menos de esa guisa rezaban los gustos adultos. Sin ver apenas mundo me cansé más pronto de sus avatares de lo que supuse. Con 37 por edad volví a instalarme en Barnápolis a la que tuve que cambiar de nombre tratando de ampararme en un sortilegio para no caer en la condición de urbanita de altos barrios o bajos fondos, condición ésta que nunca me convenció del todo.

Me dije que cualquier ciudad podía servirme para hacer una toma de lugar y puestos a elegir una ¿porqué no quedarme con la que más conocía? Yo nunca dejé de ser un metropolitano, aunque empecé como un ordinario hijo de provincias que cargó en su biografía los embates de la era industrial y de los prodigios de las masificaciones urbanas y hacinamientos humanos. Los átomos me hicieron nacer en Royal Dance donde la realeza, por cierto, nunca tuvo a bien elegir para nada singular y donde salvo el ball de les gitanes no se destacó por demasiadas danzas.

Una localidad, casi rural, cuya mayor efemérides recordada de la infancia fue el paso de Franco, Francisco por nombre y Bahamonde de segundo, dentro de un vehículo negro (blindado decíamos a soto voce los criajos) por la carretera principal flanqueada desde las aceras por el griterío del pupulacho infantil y escolar con banderitas de papel españolistas, con las paredes sin ventanas de la imponente Uralita que por aquel entonces tenia la autoridad legal para manejar irresponsablemente el amianto y producir asbestosis por la que enfermó y moriría alguna gente.

El acontecimiento fue prematuro y preclaro. Creo que fue un punto de infllexión que dejó atrás parte de mi inocencia para salir, tras las efemérides, convertido en un antifranquista intuitivo (ningún magnatario que se escondiera del pueblo y no se atreviera a asomar la vista por la ventana de su coche, no digamos ya detenerlo, podía ser alguien legítimo.Alguien con miedo en una jefatura de estado podía tener todos los números para ser un impostor).

Ese fue el lugar geográfico de mi atomización en cuerpo –no diré: y alma-. Podía haber nacido en algún lugar de Carolina del Norte, en Shangai o en Sudafrica, pero procesos que no controlo me metieron en esas llanuras y no en aquéllas. Mi campo de aterrizaje pertenecía a una comarca cuya parte occidental era llana y tenía,y sigue teniendo por denominación el nombre de los valles.

La vuelta, ya sonando las campanadas de 1990,no supuso el reencuentro con una pasado extraordinario, tampoco la reunión con las gentes de antes, ni siquiera el paseo por las mismas calles. Todo estaba cambiado, no reconocía as la gente y por obra y magia del urbanismo perdí de vista para siempre muchos espacios de juego de antes. Tampoco me esperaba ninguna compañera en ninguna casa. Aunque simbólicamente volvía al lugar donde Penélope no había parado de tejer y destejer la realidad en todo ese tiempo. Pero ni yo era un Ulises con relatos extraordinarios de mis aventuras ni las personas, pocas, conque reconecté me habían estado esperando. Nadie me preguntó por mis viajes y mis estancias en otras partes. Creo recordar que algunos regalos que traía en mi equipaje finalmente o me atreví a darlos por no poder soportar mi propia imagen haciendo tal escena. Mis contactos consanguíneos me dieron parte en su mesa pero no arte en sus corazones.

El pueblo se había ido convirtiendo en ciudad y la ciudad en una aglomeración de seres, en su mayor parte, anónimos. Tenía poco que ver con la que yo traté en la infancia y en la adolescencia. No conservo poesía, escrita o mental, de aquellos años primeros , ni de un período ni otro, lo cual lamento, pero sí la ligera memoria de un presentimiento: el de haber nacido fuera de tiempo y lugar. La fuerza de la costumbre, y la imposibilidad de elegir otra fortuna para mi historia, me acostumbraron a los hechos, a las caras, a las calles y, sobre todo, a mí mismo.

Escribir poemas a una cierta distancia, en años, del sentir que en ellos figuren, es ya una pequeña traición a la memoria. Y mi memoria son mis papeles. Mi memoria es un verso atrapado en un momento a pesar de mí mismo o del dictado de la forma.

Los 90 serían, para mí, la cifra de la normalidad, si por norma admito la regularidad, la predectibilidad y la apariencia formal de la vulgaridad. Fue la década en la que debí hacer mis asignaturas pendientes. Retomar el tren perdido por haber cogido el globo sin timón de la utopía llevado por los vientos que le soplaron. Fue la década para ponerme a hacer, aunque tardíamente, lo que todo el mundo hacía: tomar el metro cada día a la misma hora, cumplir con un horario laboral, cenar en la misma mesa, tener a la misma compañera. Terminé una carrera universitaria e hice mi organigrama de asuntos a los que acudir. Por unas temporadas, deseé integrarme en la gran ciudad, participar de muchas cosas, volver a reunir a gente o a reunirme con lo local. Entre proyectos, parecían que serios, iba encontrando momentos para pergeñar a mano estrofas sin otra intención que capturar mis propios momentos. Nunca fui consciente de su cantidad hasta que los he tecleé una década o década y media después. Esta no es una experiencia que no haya tenido antes. Lo he hecho con otros poemas manuscritos de otras temporadas archivados en carpetas de anillas. Al corregirlos y traspasarlos han tenido el valor del retrato emocional de mi –ahora sí diré- alma.

No tengo un pasado armado al que defienda a toda costa. Creo que nadie debería tener un pasado encastillado al que aferrarse por encima de su actualidad. Y sin embargo ¡cuan difícil es renunciar a él!,puesto que al hacerlo, es tanto como renegar de uno mismo.

La poesía refleja síncopes. Son pinceladas de retratos emocionales y sobre todo, son confesiones. Creo que no hay otro tipo de documentación más transparente de lo sentimental que la poética. Aunque ser poeta no sea ninguna garantía de sublimidad y la poesía pueda caer en manos de chusmas que la instrumenten para sus egolatrías lo mismo que el fuego de la pasión llega a caer en manos irracionales que pueden llegar a matar.

La poesía de mis 90 debería haberse deshecho de las experiencias de las décadas anteriores, pero siguió atrapada parcialmente en algunas de sus sombras. Y aunque la sombra y la tragedia forma parte de la necesidad intrínseca del vivir de acuerdo a Zweig,[1] siempre me resistí a ordenarla y publicarla por intuir que me encontraría con gritos de impotencia y pocos júbilos. ¡Quién pudiera escribir y vivir de sus odas! Y a mi pesar no he cribado la repetición de algunos tormentos. Por desear querría ser Píndaro y emular el estilo circense de sus odas por las efemérides de las grandes gestas y las figuras destacadas de su época. Pero incluso él colocaba la verdad de sus necesidades en el deseo central de la estabilidad al que raramente alguien renunciaría ”...quiero/ser feliz con lo que tengo y hacerme/un buen nombre favoreciendo a los amigos...”[2] Después de un tiempo de movidas geográficas y de una pretendida búsqueda de futuros, en lo social y en lo espiritual, la búsqueda puede continuar siendo la misma desde un lugar de arraigo, en el que la regularidad de las formas facilite incluso la recurrencia de los temas.

Un retorno es el punto final de un pasado o de una de sus etapas. Vuelven los supervivientes de sus guerras, vuelven los viajeros de sus viajes, vuelven los soñadores de sus utopías. Pero un retorno no significa el punto final de una investigación personal sino su reubicación en una geografía más tranquila. Lo bueno de Royal Dance es que no se distingue por ninguna singularidad. Ni siquiera sus restos ibéricos de los que se ufana una arqueología la ha puesto en la lista de las ciudades de interés cultural. Su anonimato es su grandeza. Es el lugar ideal para vivir sin ser visto sin que nadie note tu presencia. Aún más en los últimos años en que los flujos inmigratorios buscan las áreas metropolitanas y las ciudades medias como sitios de adaptación en lugar de competir fieramente en las zonas neurálgicas de las grandes ciudades.

Desde un lugar tranquilo que da a la calle más ocupada por los otros, invito a la lectura poética sin otra prisa que la degustación de sus palabras reunidas que no tienen ninguna intención estilística y la tienen toda para la constatación de mi sentir.

La cuestión es que mi retorno a Penélope me ha reinstalado en un espacio ligeramente identificable, y sobre todo continuo, en un tiempo con el que no me identifico y ante el que, en muchos de sus asuntos, vivo de espaldas. Un retorno es también un balance en el que buceas en un pasado antiguo en diferido. Pero por encima de todo, un retorno es dejar de ocultarse con asuntos ajenos para enfrentarte a lo que eres en tus límites y en el éxito de aceptar lo que eres. Es así que un retorno te reintroduce a lo que habías dejado pendiente y a ti mismo tras el acopio de experiencias y aprendizajes. También tiene una cierta áurea de empezar de nuevo, aunque nadie se pueda deshacer al completo de sus sombras y sus factores que le precedieran.




[1] Stefan Zweig. escritor austrico. Se suicidió junto a Lote, su mujer, en Petrópoli, (una de las ciudades consideradas como más bella del mundo en Brazil en 1942.Escribió Declaraçao, donde explicaba que su mundo, secuestrado por el totalitarismo y la barbarie se había desvanecido para siempre,arrastrando en su caída a su propia alma. “Toda sombra es hija de la luz y sólo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caida, sólo éste ha vivido de verdad”.

[2] Píndar Odes V Nemees/ïstmiques Ed Bernat Metge p. 35 Barcelona 1994


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