Del quién al qué
Del Quien al Qué. Walkiria Sumionda
No es tan impresionante quien subscribe, propone o elabora algo a qué es lo que se propone. El contenido presentado está o debería estar por encima del agente a través del cual es propuesto. En la práctica las cosas son evaluadas en función de sus autorías o desde los orígenes desde los que son aportadas. Anteponer el autor a lo que dice en función de su condición de marca, su posición en el mundo de las letras o su caché reputado es supeditar su creación a su figura, lo cual puede tener resultados de agravio antes que a nadie al mismo autor. La farándula pregunta y se autopregunta sobre quien es quien más que quien está relacionado con qué. Los nuevos estilos de chismorreos perfilan unas cuantas cosas vinculadas a los nombres manejadas. Se valora curricularmente la cantidad de libros editados o de exposiciones artísticas inauguradas y no se menciona tanto el valor de la obra en sí, su potencial de significantes y su impacto en la conciencia humana. El glamour repotencia el look, las efemérides, la viñeta, la escena e infravalora los contenidos. Más bien, éstos flotan vaporosamente alrededor de la propuesta creativa. No pondremos en la obra el todo y en el autor el menos. La una depende del otro así como el otro también depende de la interacción que tiene con sus trabajos. Lo cierto es que hay personajes que superan a sus autores en fama (se conoce mas a Sherlock Holmes que a Arthur Conan Doyle) y una obra en el campo que sea, deja un impacto histórico si va o prevalece más allá de su protagonista.
La lenta construcción de la conciencia social y de las culturas humanas pasa por una disolución del individuo en el todo a través de sus contribuciones. Pero en su primera instancia la obra sirve para catapultar a quien la crea. La famosa división entre el autor y su obra tiene bastante de ridículo. El acercamiento a aquel pasa por el conocimiento de esta. La lectura de un libro o el contacto con una creación nos hace interesar por el genio (la veleidad o la osadía) de quien está detrás. Lo común es primero tratar con la obra y salvo lo que dice en el folleto de info mínima o en la solapa de un libro el autor es algo que queda entre bastidores. El acercamiento a un libro entre miles que se puedan leer a lo largo de una vida tiene algo de detectivesco de la persona que hay detrás. Si su propuesta lo merece y el contacto no queda limitado a un solo libro o artículo, se crea una especie de relación fascinante entre el lector que lo sigue y poco o mucho lo va conociendo y el autor que se da, y se deja seguir sin poder corresponder nunca a su seguidor. Es una relación desigual con una fuerza misteriosa. El autor se expone en cierta manera a una vitrina y el lector goza con la contemplación de su performance no tanto de si mismo. El decalage del admirador sobreviene cuando su trato con la obra le ha servido de lanzadera a dominios que tal vez por sí misma no hubiera acudido y se puede encontrar que el autor no está a la altura de lo que ha motivado esa experiencia.
En ese momento observacional está sucediendo algo realmente impresionante y es el trato distinto que tienen y pueden tener el autor con su obra y el lector con la misma. Tal vez este la valore – o también la desprecie- en intensidades distintas a la de aquel. La obra no deja de ser una producción, unos objetos que han surgido a través de su creador pero que inmediatamente se han independizado de él, tienen vida propia. Ningún artista debería tener el derecho a volver a su trabajo tan pronto lo haya puesto en circulación. De hacerlo, la historia del arte se vendría abajo. Doyle no podría haberle introducido novedades impropias a Holmes en contra de su configuración fundamental de principio. Los cuadros no pueden ser bajados de las paredes de los museos para ser reperfeccionados por sus pintores si pudieran renacer un rato para hacerlo. El arte también incluye los límites de cada obra. Lo que sí puede hacer el autor, es intentar crear nuevas historias en otras propuestas o rincones de su abanico de creaciones. En otros contextos estar encima del perfeccionamiento de un texto aprovechando sus reediciones va a favor de la cualidad ensayística de un texto, otro asunto es modificar las circunstancias y personajes de un relato novelístico.
La obra es un qué de un quien, un quantum de una autoría, una propuesta de un proponente. Estamos continuamente manejando propuestas, frases, ideas, textos de cuya procedencia sabemos muy poco. Incluso las confusiones culturales llevan a atribuir tesis y frases citadas a autores que tan solo hicieron de divulgadores pero no las inventaron. Eso es un riesgo que forma parte de la difusión. Lo interesante de una obra válida, de una propuesta excelente o de una construcción literaria magnífica es no cortarle las alas y dejar que corra a su libre albedrío. Las sociedades de autores que quieren ejercer un control y unos derechos arancelarios para la divulgación de lo creativo tienen tanto sentido como poner un guardia en un pozo de uso comunitario en medio del desierto que cobre a tanto el sorbo u otro que impida el acceso de los pulmones a la atmosfera para poder vivir. Lo importante de cada ingenio, invento, ocurrencia, información, tesis e investigación que por la vía del texto publicado o difundido aportan recursos útiles a los congéneres es dejar que su recorrido sea libre y sea la misma demanda en función de necesidades y selección según la capacidad crítica lo que lo vaya repotenciando o excluyendo. Es así que la obra es algo que tiene entidad propia siempre y cuando su contenido la autovalide mientras que el autor es alguien que incluso puede ser anónimo y desde luego temporal. La historia literaria se ha hecho con obras que nos han dejado autores , a veces anónimos, que pueden llamarnos la atención en conocer o en averiguarlos y al hacerlo llevarnos grandes decepciones. No es tan grave. Ningún autor con su vida personal o pública puede ser tan coherente como lo es expresándose en sus obras, Lo sabe. Esa es su grandeza y su tragedia. Transfiere a lo que hace lo que no puede hacer con su vida Inevitablemente puede defraudar, es así que los peores pecados en su vida real de un autor no le va a quitar los méritos de sus logros en las obras, composiciones, plásticas o textos que proponga. Otra cuestión bien distinta es que al conocer a alguien en un trato personalizado y tenerlo desfavorablemente ubicado se le descarte como alguien a ser seguido o leído. Sé de autores que publican regularmente a los que he tenido la disuerte de conocer personalmente y sufrido sus faltas de elegancia que y no me han quedado ganas de saber nada más de ellos. Evidentemente esta es una actitud producto de una elección subjetiva que no de un resentimiento. Hago mis cálculos: puesto que siempre hay mucho que leer tampoco es cuestión de ir de demócrata-simplista universal pensando que todos los artículos y todas las cosas pueden recibir el mismo trato o tienen el mismo derecho a la misma clase de atención. La capacidad atencional del lector es limitada y en su búsqueda de los qué de cada tema siendo lo prioritario puede ordenarlos en prioridad en función de sus autorías, descartando la dedicación de tiempo a aquellas que tienen el perfil de indeseables.
El riesgo del admirador artístico o del lector que se precie de culto es que en tanto no conoce los detalles que envuelven las obras de las que goza puede tener un vínculo independiente con esta de todo personalismo. De eso se trata. Podemos continuar gozando de Beethoven a pesar de su mal genio, de Mozart a pesar de sus chifladuras, gozando de Dalí sin tenerle en cuenta su excendetricidad, de las lecturas de Marx a pesar detener fama de tirano doméstico, de Oscar Wilde con todo su dandismo y de tantos otros que de haberlos conocido en el trato personal es posible que no hubieran dimanado la transferencia que sí consiguieron con sus obras.
No conocer al autor tiene una ventaja la de tener tratos diferidos con él/ella a través de lo que nos dejó. Suelo decir que cuando estás en una biblioteca estas rodeada de gente que te está esperando ser comprendida. Pueden ser miles de personas, un ejército de amigos, cuya ventaja al estar concentrados en productos envasados es que no tienes que aguantar a ninguno en sus manías particulares.
El qué hay que anteponerlo al quien. La generalización de este criterio es altamente contributiva a la consideración de las cosas por sí mismas y no por políticas de intereses o de negocios. Todavía estamos lejos de valoraciones objetivas como lo hegemónico y siguen pesando los subjetivismos, como yo mismo acabo de demostrar en mi mismo, sin embargo el proceso se va pautando lentamente con nuevas aportaciones, incluso relativamente anónimas, que contribuyen al goce y saber universales.
