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universo: lugar para las diferencias, la pluralidad y la diversidad sinérgica.

25 Octubre 2007

Acción Creativa y Escritura

Los para qué-cómo-porqué en una cascada racionalista y taxonomizante ante conductas creativas tienen poco que ver con la capacidad de respuesta del mismo proceso creador. La creación es pulsional. Está mas allá de las posibilidades dosificadoras del sujeto creador. Lanza ante sí todo o parte de su todo potencial y sigue lanzándolo hasta que no se queda medianamente satisfecho por habérselo arrancado de su pecho. El creador crea, el analista lo explica. El creador ocupa el rol espectacular. Hace su estrellato desde el cumplimiento del deseo. El investigador le dota de conciencia y de elementos reflexivos para conectarse con su propia trayectoria.

Ambos se necesitan. Son dos partes del mismo ser, solo que representados en personas y profesiones muy distintas. Por lo general no son amigos y aunque no estén necesariamente enemistados, saben que nunca su buscarán para conciliarse ni entenderse. La parte creadora irrumpe. La parte mental, serena. La pasión temporal, directa, generativa; ofrenda. La reflexión atemporal, indirecta, sedante; recapitula. Son los dos aspectos interdependientes de una personalidad compleja y ambiciosa. Un autoproyecto de cuasi-deidad con todos los límites matéricos propios de las situaciones de uso. El sujeto creador trata de alcanzar alguna clase de inmortalidad. Mas allá del reconocimiento de galerías y de editorialistas, está su billete para la posteridad. Una parte de sí: sus productos creativos, le sobrevivirán en forma de "oeuvres maitres". Su alma errante, si le queda alguna alma y mantiene las ganas de errar, se verá en las lozas de la demanda popular. Pasarán los decenios y hasta los siglos y aquel producto original permanecerá en las memorias y en formas de artículos adquiribles. La posteridad galardonará una y otra vez a aquél antepasado ilustre, que a diferencia tal vez de su tiempo, continuará generando riqueza y dinero circulatorio. Tal vez sus seguidores olviden sus rasgos biográficos y su perfil fisiológico ¿pero qué importará esto? en un momento en que sus restos serás ceníceos o ni siquiera serán. Lo que seguro no olvidarán es la significación de aquel individuo y el grado significado en la obra dejada.

¿Quiere decir todo eso que la motivación central de la creación está en esa compra de inmortalidad, en esa continuidad postmortem? ¿Quiere decir, que el creante es capaz de impugnar su propia originalidad en aras a tal ruindad matérica? Lo creado forma parte de lo humano y lo humano forma parte-también- de la mezquindad. Por lo tanto, entre las autorías insignes quedarán móviles crematísticos inconfesos o no. Entre las huestes de los herederos del patrimonio intelectual y de los derechos de autor, los cálculos de calculadora que miden los pecunios echarán fuegos por la fricción de dedos y teclas. Pero unos y otros no tienen nada que ver, por lo general, salvo el compartimiento de un linaje, un apellido y unos intereses de familia. Los creantes de autenticidad visceral lo serán por sí mismos indistintamente del veredicto social sobre el producto medio o acabado. Cada época venera y eleva lo que más dividendos le produce. No todo forma parte de la simbología coetánea. Hay mucho más que quedar entre saldos y retales y papeleras de despacho, que resultados salientes. En cualquier caso, el creador es conocido si quiere serlo. Él pacta su celebridad. En cierto modo, la impone. Esta por encima de las coyunturas y las autoridades y las eclesiastías. Su poder de convocatoria lo da su dicción, su léxico preclaro, su virtualidad de estímulo nuevo. Pero indistintamente de todos estos recursos, y éstas elevaciones de nivel, el autor de lo nuevo, de lo que no se ha dicho, visto, escrito, hablado o inventado, es movido por su interioridad. ¿Y si sólo actuara de canal, medium, paso o peón ajedrecístico, movido por otras sabidurías desconocidas­? Sea lo que fuere, el proceso creador es generado y dado independientemente de si sus resultados serán agradados o no. En el segundo caso, ha habido subterfugios de distintos tipos para proteger la identidad real de la creación: desde los anonimatos y seudónimos, a las demoras de publicación o entrega de conocimiento.

Hoy, el mundo sigue con prisas frenéticas a sus nuevas huestes creativas. Cualquier idea original es venerada y pagada con prontitud. Es la época de la imagen virtual y de la velocidad de cálculo que en conjunto solo compiten medianamente con las grandes obras y temas de la creación literaria, que son readaptadas de diferentes formas a la escena visual.

La creación en general busca ante todo la adopción de una respuesta volumétrica, sin importar tanto cual es y que es exactamente. La Literaria en particular es una indagación abierta y permanente, una especie de herida nunca del todo suficientemente cicatrizada.

En la creación literata, el autor en una suerte de pesquisas a maduración lenta, va tras el significado de cada detalle y el significado de cada significante. Es un juego de símbolos donde cada expresión y cada no-expresión están diciendo algo. En éste proceso el logos literario trata de dar contestaciones en tanto sangra preguntas y más preguntas. Eso procede con la misma descortesía que la formula se atreve a cumplimentarlas sin tener porqué ser docta. A diferencia de las normativas de exposición de los trabajos científicos que los homologan en austeridad y en similitudes técnicas, el discurso literario es transgresor por excelencia, siendo permitido, o al menos tolerado, a cada creador sus toques de pincelamientos inventados, aún a costa de mezcolanzas entre argots varios y lenguas consagradas.

La escriturada dentro de la acción creativa es la más detallesca y hasta aparentemente inaccesible. Hace falta el instrumento semántico intermedio para la comprensión, a diferencia de otras obras, cuya evidenciación ante los sentidos básicos es suficiente para aceptarla o acatarla o encuadrarlo en un algo y en un que. El sentido último de un libro no es posible ser adivinado por su apariencia o forma estructural o tipografía. Hace falta entrar en él y permitir que él entre en la vida de uno. Es una interacción algo más duradera. No basta un golpe de vista ni una audición detenida (lo cual no significa que las estatuas o las óperas tan solo requieran de una sola performance expositiva. Es obvio que cada encuentro sensorial con ellos da nuevos elementos), requiere de bastante tiempo para una lectura atenta y bastantes veces de relectura, tanto para experimentar las sensaciones que transportan el argumento como para alcanzar un mayor grado de comprensión. El texto literario no sólo pide ser comprendido. Pide la interacción emocional.

Tags: creante

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